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Mostrando las entradas con la etiqueta Historias

El portarretrato

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  Al fin se encontró sola en una casa inmensa. La abuela había muerto y ella era la única heredera. Pocos recuerdos tenía después del accidente que se había llevado además de su auto nuevo recién comprado, momentos importantes de su vida, que el médico había prometido que de a poco volverían. Se tomó unos días para poner la casa en condiciones. Lo demás se haría con ella adentro.   Comenzó por renovar un escritorio de los años setenta que encontró en la casa. Iba a comprar herrajes cuando recordó aquel cuarto donde se acopiaban muebles y toda clase de trastos.   Algo allí podría servir, se podría reciclar. Pensó en los herrajes de una cómoda vieja. El mueble estaba arrumbado en el cuarto del fondo. Buscó las llaves de los tres candados que sellaban la vieja puerta de hierro macizo, además de las dos cerraduras. Con una escoba y una franela en cada mano cruzó el patio. La llave giró con dificultad pero finalmente logró abrirse. Detenida en el umbral del cuarto elevó la esc...

En la ruta

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  Íbamos él y yo en el viaje. Un ómnibus que nos devolvía a casa. No me gustaba nada esa segunda fila. Me preguntaba cómo alguien podía viajar pegado al vidrio delantero en el piso superior de ese vehículo que ya se internaba en una ruta oscura y angosta. Las luces se habían apagado en el interior del micro y quedábamos expuestos. Tenía ganas de llorar, de gritar, de despertar a toda la gente que viajaba con nosotros y avisarles que estábamos en peligro. Para qué… si íbamos a morir. Era mejor que no lo supieran y me daba bronca no poder dormir plácidamente como lo hacían ellos. Escuché atentamente, casi con esfuerzo, la conversación de los choferes. Había un chofer que viajaba de garrón y se había acomodado con ellos para darles charla. No recuerdo exactamente qué decían. Creí escuchar algo acerca de una vieja ruta para evitar el puesto de peaje. Yo trataba de mirar por la ventanilla pero Juan estaba del lado de ella. Había una oscuridad profunda. El micro se deslizaba ya en esa vi...

La Cocinera

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  Todo mal con ella, viste. Tipo que es mi amiga pero rejodida. Tiene un problema serio conmigo: No entiende. No entiende que no soy su hija ni su madre, que tampoco lo fui en otra vida y que cada una tiene la madre que le tocó. Se puso como loca cuando supo que iba a participar en el curso de cocina. Yo acá soy la moza nomás y nunca demostré interés por el arte culinario, ni fuera del restaurante ni dentro. Así que creo que la tomó de sorpresa. Yo tampoco lo esperaba pero el otro dueño, el que viene poco, me dijo que necesitaba otra cocinera, que iba a abrir otro negocio, aunque un poco más chico. Eso sí, fingió ponerse contenta y me prestó algunas recetas (no todas, estoy segura). Vas a rendir con Antonia, me dijo y a lo mejor va Rogelio también, si tiene tiempo porque es chofer de una vieja ricachona a la tarde. “Vos anotate que yo te voy a decir unos secretos para que tengas en cuenta." Y me los dictó. "Ni se te ocurra contarle a Rogelio, sólo a Antonia y a vos les ...

Siesta

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  Viejos tiempos. De Pelopincho, de tele encendida solo de doce a doce, con transformador y en blanco y negro, en los que jugar era lo único que importaba.  Con Lili hemos pasado bellos veranos.  Había un patio en el fondo. Apenas un mejorado sobre el cual, como reina en trono, surgía esa pileta donde pasábamos las tardes de calor. Eso sí, después de las cuatro y si la abuela daba permiso al final de la siesta.  Lili y yo odiábamos la siesta. Fingíamos dormir y en cuanto la vieja empezaba a roncar, nos escabullíamos para crear mundos futuros, alternativos donde éramos felices, mantenidas, madres de bebés y esposas de hombres famosos según la fama de moda. También soñábamos a ser cantantes ensayando la mímica con un viejo tocadiscos que actuaba de orquesta y un palo de escoba o algo parecido que funcionaba como micrófono. Sólo teníamos imaginación. Pero esa tarde algo diferente ocurrió. Nuestras mentes infantiles corrieron hasta la puerta de calle y osamos abrirla s...

Trabajos

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  Dijo que se llamaba Luisa. Me pareció muy amable. Me acompañó hasta los vestuarios y me entregó mi uniforme: una camisa, un pantalón y unos borceguíes. Dijo que me los pusiera. Luego nos fuimos afuera y me enseñó cuál sería nuestro auto. Ella manejaría ahora pero después me tocaría a mí. Sentí que de este nuevo trabajo eso de volver a manejar sería espectacular. Recordé para mí cómo era eso de hacer los cambios, la coordinación entre el embrague y el acelerador, la llave dando vueltas en el cilindro y el volante para mí solita. Luisa dijo estar aún dolida por la pérdida de su última compañera. No había sido una renuncia sino una muerte brutal. No supe cómo consolarla. Vi cómo sus ojos se llenaron de lágrimas y agachaba la cabeza. Sólo un momento, luego se levantó los anteojos y con el pulgar flexionado de la mano izquierda limpió el ojo izquierdo y luego el derecho. Sonrió con el rostro aún endurecido por el recuerdo y comprendí que no era la única que se sentía de duelo. Nos sub...

El tapado

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  Mi mamá tenía un tapado verde claro u oscuro. No importa. El tapado verde un día apareció en un sueño que el tiempo no permite olvidar. Había un tren que seguramente era el tren al que nos subíamos para ir a la casa de mi abuela que vivía en Tigre, a unas cuadras de la estación de Carupá. Nos subíamos en San Isidro. El tren tenía pasamanos blancos que nunca podía alcanzar y asientos modernos. El tapado de mi mamá. Ella contaba, después de muchos años que lo había hecho mi abuela, que era una modista habilidosa. Era EL ABRIGO, el único. Recuerdo a mi mamá con su tapado y la panza en la que habitaba mi hermana sobresaliendo mientras caminábamos por la vereda de la casa de Susy, una vecina, amiga de mi mamá que decía que ahí adentro estaba Marianito. Tal vez ese tapado tuviera botones grandes y bolsillos como todos los tapados de paño porque era un clásico. En el sueño nos bajábamos del tren, en una estación distinta de la que solíamos bajar y caminábamos. El día era esplénd...

Billete de mil

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  Venimos caminando, vemos un billete de mil y lo pisamos, miramos para un lado y para el otro, hacemos vista panorámica, repetimos el procedimiento mientras la cabeza se mantiene fija. El pie, la media, el zapato atrapa a ese papelito naranjita, finge apagar un cigarrillo, exterminar una hormiga, una cucaracha y entonces si justo alguien pasa, aún sin mirarnos, el pie acompañado por la pierna entera a medio flexionar empieza el movimiento desde el inicio del fémur hasta la última falange del pie. La cara sigue altiva como para cantar el himno y justo cuando nadie parece ver, ni las cámaras instaladas esquizofrénicamente y al cohete por todos lados, nos vamos poniendo en cuclillas, la espalda más derecha que en las clases de yoga, los brazos en posición granadero y el contacto esperado llega, el billete se va acomodando en la palma casi cerrada, los dedos hacen su trabajo y lo van llevando. Allí queda, es rectángulo, cilindro y ahora un bollo. Nos incorporamos, alisamos la ropa, fi...

Detrás es más fácil

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  Juego con Tavo a la librería. Ponemos una tabla entre la cama de mamá y una silla. Los pocos libros que tenemos.  Son las ocho.  Mamá llama, ya está la cena pero yo me quedo.  Los veo comer desde la habitación.  Papá se va a la escuela, por eso se come tan temprano. Yo no quiero, quiero jugar. Espero impaciente que Tavo termine y el tiempo no pasa.  Con ambas manos apoyadas sobre la madera hago fuerza, hago de ella un instrumento musical que acompaña mi protesta.  ꟷTavo, dale. Tavo, vení.  Y parece que falta. Sigue comiendo como todos, no sé qué. Mamá se queja de mi desobediencia. Yo quiero jugar con los libros, quiero volver a la escena capitalista de la compra y de la venta. Continúo golpeando la madera, me inclino hacia adelante y hacia atrás. La madera va corriéndose con el vaivén y se zafa. Mi ceja derecha da con el extremo de la mesa de luz que está entre la cama y la silla. Me siento y cuando miró hacia la escena del ritual, comprendo que...

Ruidos

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  Ruidos en la calle. Casi medianoche. Ojos que miran a través de las rendijas de la persiana. La luz escasa de una luminaria de barrio del conurbano. Dos bicicletas. Un adulto de unos treinta años. Tres niños de unos diez y otro de unos cinco. El canasto de hierro amarrado a la tierra con cemento. Se detienen. El hombre baja de la bici al más pequeño. Este se acerca al canasto, eleva sus brazos. En puntas de pie, las manitos intentan aprehender la bolsa blanca, estira todo su cuerpo, se acerca un poco más, la bolsa se le desliza de las manos, cae sobre el pasto que le sirve de colchón y hace que la única botella de vidrio escape, rebote, ruede y caiga sin romperse desde el cordón hasta la calle. Ahora se agacha, desgarra, hurga y selecciona, dentro de la bolsa que ha quedado en el pasto, una botella de gaseosa de dos litros veinticinco. Verifica: abre y cierra la tapa. ―¡Esta! –dice, salta alzando la botella como trofeo, festeja, ríe a carcajadas breves, continuas, exageradas― ¡...

POTENTE

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Ella jugaba mejor que todos. Era de esas que no se rinde. Por qué tendría que resignarse a un no. Por qué desear jugar a la pelota con los varones del barrio iba a ser reprimido. Ella daba muestras de su potencia. Insistía. Estaba en guardia para que su único hermano varón, por más que tuviera cinco años más, no se le escapara con esa libertad que se daban los chicos de ganar la calle en bici, caminando o con una pelota pegada a los pies. Ella también quería, qué tanto, y además no era mantequita. Primero los chicos le tenían respeto, pero después el respeto se volvió vergüenza cuando jugando de igual a igual ella podía gambetearlos, darlos vuelta y golearlos con cuantos goles quisiera. La llamaron Potente y causaba gracia su convicción. Ella no quería ser una princesa de vestido inflado, con taco y plataforma, ella no quería que ningún príncipe la salvara de ningún dragón. Ella no quería muñecas. Ella prefería los deportes y tenía fuerza. Ningún vecinito iba a tratarla de nenita porqu...

Playa

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Verano. Vacaciones. Uno es uno y el paraíso, la soledad, la libertad, la inauguración de un tiempo sin horarios ni presiones. Caminar por la playa temprano o cuando el sol se está poniendo, tu cuerpo liberado de las ropas de la ciudad, de los disfraces que nos permiten ser quienes somos en cada uno de nuestros trabajos. Disfraces que cubren zonas de nuestros cuerpos que son nuestras, íntimas, privadas, reservadas únicamente a los ojos de los cercanos. Qué más da, después de haber atravesado la adolescencia y la primera juventud, ponerte el traje de baño que se te cante, total estás en el paraíso, aislado, autoexiliado del bullicio y de las obligaciones. Y si quedó sin retocar una zona que depilaste incompleta porque ya no ves tan bien, o si tus caderas tienen otro bamboleo. Vos estás ahí para desprenderte de viejos prejuicios, para distenderte, para crear durante quince días una realidad paralela en la que te desplazás como si fueras Pamela Anderson en Baywatch. Qué más da. Después de ...

Gloria en Mardel

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A la Lola   Un colectivo entre Mar del Plata y Camet, tres mujeres y una niña de cinco años con asiento asegurado y los primeros años de los setenta entre estallidos de violencia. Gloria intentaba llegar hasta la puerta de atrás para bajarse enseguida. El colectivo atestado de gente. Personas sentadas, de pie y tomadas de los pasamanos bajos. Detrás, más pasajeros tomados de los pasamanos que colgaban del techo del colectivo. Atravesó ese sinuoso camino para alcanzar algún espacio próximo a la salida y que le permitiera sujetarse. Desde allí, ya más tranquila, pudo observar aquel rostro: el de una mujer que la miraba de manera inquisitoria. Intentó evadir la mirada. Imposible. Trató de concentrarse en el paisaje pero, aunque intentaba mantener la mirada en la ventanilla, sus ojos se volvían hacia la mujer que la observaba de arriba a abajo. Decidió entonces girar la cabeza hacia un lado y hacia otro y encontró más de una mirada: un hombre con una camisa celeste, luego una señora s...