Trabajos

 


Dijo que se llamaba Luisa. Me pareció muy amable. Me acompañó hasta los vestuarios y me entregó mi uniforme: una camisa, un pantalón y unos borceguíes. Dijo que me los pusiera. Luego nos fuimos afuera y me enseñó cuál sería nuestro auto. Ella manejaría ahora pero después me tocaría a mí. Sentí que de este nuevo trabajo eso de volver a manejar sería espectacular. Recordé para mí cómo era eso de hacer los cambios, la coordinación entre el embrague y el acelerador, la llave dando vueltas en el cilindro y el volante para mí solita.
Luisa dijo estar aún dolida por la pérdida de su última compañera. No había sido una renuncia sino una muerte brutal. No supe cómo consolarla. Vi cómo sus ojos se llenaron de lágrimas y agachaba la cabeza. Sólo un momento, luego se levantó los anteojos y con el pulgar flexionado de la mano izquierda limpió el ojo izquierdo y luego el derecho. Sonrió con el rostro aún endurecido por el recuerdo y comprendí que no era la única que se sentía de duelo.
Nos subimos al auto y dimos unas vueltas a la manzana, me indicó algunas características del vehículo y describió someramente en qué consistiría nuestro trabajo.
─¿Estás casada?
─No. (En realidad no lo recordaba)
─Qué bueno. Este no es un trabajo para enamorarse de nadie. Si no querés a nadie, es más fácil.
No me miró. Estaba atenta al camino. Atravesábamos una villa.
─Es Fuerte Apache ─me dijo─. A esta hora están tranquilos. El tema es tipo doce, cuando se empiezan a levantar. ¿Conocés la zona?
─Un poco. Mis primos tenían amigos que vivían acá. Algunos eran buena gente, otros, un desastre. De todas maneras, todo el mundo sabe que la mayoría de los que viven acá son gente trabajadora, aunque hay mucho delincuente que aprovecha los pasillos para rajar.
─Ya lo vas a conocer, no te hagas problema. –dijo sonriendo y suspirando casi al mismo tiempo.
Tenía un nudo en la boca del estómago. Dios mío, en qué me había metido. (tampoco recordaba por qué había ido a parar ahí).
Luisa me miró como estudiándome.
─¿Estás bien?
─Claro. Son cosas del primer día.
─Tranqui, ahora vamos a volver. Así conocés al jefe.
La radio no había parado de sonar durante todo el viaje. La voz de una mujer emitiendo números, calles, nombres repetidos, claves escuchadas en realitis.
Cuando llegamos, el jefe ya me estaba esperando, pero delante de mí había una hilera de personas que parecían tener prioridad. Por un momento pensé que estaba bueno que escuchara a la gente pero inmediatamente sentí ese ardor característico en la boca de mi estómago como un fuego a punto de desatarse y luego las gotas de sudor comenzaron a correr por mis sienes y mi frente. Busqué un pañuelo en el bolsillo, pero recordé que me había cambiado y todas mis cosas habían quedado en el otro pantalón, así que me limpié el sudor con mi propia mano. Ahora comenzaba a sentir náuseas. El tipo seguía atendiendo a la gente que iba a hacer denuncias y reclamos y cuando estaba a punto de hablar conmigo llegaban dos personas y sin emitir sonido, movió su palma hacia adelante indicándome que esperara. Entonces el mareo se volvía insoportable y un tiempo después (cuya duración no podría especificar) me encontraba extendida en el piso, con el jefe mirándome las pupilas con la linterna del celular e indicándole a los demás que no se acercaran.
Me incorporé y me mantuve unos minutos tratando de salir de ese estado de sopor que sigue al sueño. Cuando pude abrir los ojos, vi que en la silla estaba el jean, la remera prolijamente doblada, la valija que dejé lista anoche con las correcciones de los exámenes listos para entregar.
Desde el respaldo, el guardapolvos colgaba inmaculado.

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