El tapado
Mi mamá tenía un
tapado verde claro u oscuro. No importa. El tapado verde un día apareció en un
sueño que el tiempo no permite olvidar. Había un tren que seguramente era el
tren al que nos subíamos para ir a la casa de mi abuela que vivía en Tigre, a unas
cuadras de la estación de Carupá. Nos subíamos en San Isidro. El tren tenía
pasamanos blancos que nunca podía alcanzar y asientos modernos.
El tapado de mi mamá.
Ella contaba, después
de muchos años que lo había hecho mi abuela, que era una modista habilidosa.
Era EL ABRIGO, el único. Recuerdo a mi mamá con su tapado y la panza en la que
habitaba mi hermana sobresaliendo mientras caminábamos por la vereda de la casa
de Susy, una vecina, amiga de mi mamá que decía que ahí adentro estaba
Marianito.
Tal vez ese tapado
tuviera botones grandes y bolsillos como todos los tapados de paño porque era
un clásico.
En el sueño nos
bajábamos del tren, en una estación distinta de la que solíamos bajar y
caminábamos. El día era espléndido, había sol, no hacía frío ni había viento.
Llegábamos a una plaza donde vivían las hamacas que me gustaban y me subía.
Entonces experimentaba el placer del vaivén, del viento rozándome la cara y el desplazamiento
de mi cuerpo, las piernas y la columna, las manos agarradas de las cadenas una
y otra vez, cada vez más alto, experimentando esa sensación de libertad, de
respirar todo el aire. La fascinación del juego. Pensar mientras mi cuerpo
hacía el trabajo de tocar el cielo, en cosas lindas, en deseos que no recuerdo.
Pero en un momento, algo interrumpía esa felicidad porque mis ojos buscaban el
tapado verde y mi madre ya no estaba. Me bajaba de la hamaca y la buscaba, la
llamaba y ya no estaba. Sola, desamparada en esa plaza, buscaba entre las
mujeres, una que tuviera un tapado verde de paño y ya no estaba. NO estaba. No
estaba.
No sé porqué pensé en
el tapado. Tal vez porque detrás de él habita el sueño que ya no se puede
despegar del tapado. No lo recuerdo colgado en el ropero, lo recuerdo en ella.
En esa angustia infantil que tal vez estuviera asociada al nacimiento de mi
hermana y eso tiene que ver con mi historia. Con la imposibilidad de separar
los objetos de las palabras, de las emociones, de la gente querida. Mariano
nunca existió. Mariano es Ana aunque mi madre haya tenido que regalar
toda la ropa celeste que tenía en el bolso de parto. Porque la escritura me
permite pensar de otra manera, porque mi nombre era Juan Pablo (y nunca llegue
a Papa), porque mi nombre surgió de una señora descripta como una abuela de
cuentos, porque mi escritura es femenina como mi madre y su tapado. Porque me
disfrazaba de ella aunque no lo supiera y me ponía sus medias de nylon y sus
tacos aunque en mi familia ser hombre te salvaba del mundo y era imposible
pensar para un niño nombre femeninos.
Tal vez, algún día,
detrás de una vidriera, busque un tapado verde de paño con botones y bolsillos,
aunque no me guste el color para un tapado.
Los tapados abrigan,
abrazan, contienen, ocultan como las palabras (a veces).
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