En la ruta

 



Íbamos él y yo en el viaje. Un ómnibus que nos devolvía a casa. No me gustaba nada esa segunda fila. Me preguntaba cómo alguien podía viajar pegado al vidrio delantero en el piso superior de ese vehículo que ya se internaba en una ruta oscura y angosta.

Las luces se habían apagado en el interior del micro y quedábamos expuestos.

Tenía ganas de llorar, de gritar, de despertar a toda la gente que viajaba con nosotros y avisarles que estábamos en peligro. Para qué… si íbamos a morir. Era mejor que no lo supieran y me daba bronca no poder dormir plácidamente como lo hacían ellos.

Escuché atentamente, casi con esfuerzo, la conversación de los choferes. Había un chofer que viajaba de garrón y se había acomodado con ellos para darles charla.

No recuerdo exactamente qué decían. Creí escuchar algo acerca de una vieja ruta para evitar el puesto de peaje. Yo trataba de mirar por la ventanilla pero Juan estaba del lado de ella. Había una oscuridad profunda. El micro se deslizaba ya en esa vieja ruta en desuso, desprovista de luces y de carteles indicadores, en un camino de tierra escoltado por una vegetación salvaje, descuidada. Pensé que estaba en el interior de una película de terror en la que yo era la protagonista de una catástrofe inminente. Los choferes reían entre ironías macabras que no podía hilvanar. Cerré los ojos. Traté de no pensar. Todo era producto de mi mente que en los últimos tiempos se había inclinado a construir pesadillas de muerte y traición. Viajar se había vuelto una tortura. Este viaje era un desafío a mis propios temores infundados.

De repente el micro se inclinó hacia la banquina, las luces altas de un vehículo en sentido contrario advertían lo estrecho del camino. Una vez que el automóvil pasó, el ómnibus volvió a la ruta. Pensé que cada segundo era valioso, pensé que no quería estar allí, pensé que nunca deberíamos haber salido de casa.

De pronto el micro se detuvo. Se escuchó el murmullo repentino de los choferes y luego el silencio. Todos seguían durmiendo. No había luces en la ruta. Sólo las ópticas del autobús.

Me levanté, observé a Juan inmóvil. Caminé unos pasos hacia el parabrisas del piso superior y entonces la vi. Era una mujer bella. Llevaba un vestido o una túnica completamente blanca y larga hasta los pies, escote redondo y con ambos brazos cubiertos. Sus cabellos castaños y rizados caían sobre sus hombros. No podía verle con claridad su cara. Parecía caminar descalza. Caminaba y caminaba y parecía nunca llegar a alcanzarnos. Los choferes no emitían sonido. Algo en ella me mantuvo de pie frente a ese parabrisas, absolutamente inmóvil. En un momento llevó ambas manos hacía su rostro y se detuvo. Luego se escucharon gemidos y finalmente su llanto se volvió desgarrador. Lloraba ahogándose con sus lágrimas. “Mis hijos. Mis hijos. Devuélvanme a mis hijos. Quiero a mis hijos”.

Quise volverme hacia la escalera pero mis piernas no me lo permitieron, quise tocar con mis manos el vidrio pero no podía moverlas. Largamente esa mujer lloró y gritó sin que nadie en el vehículo más que yo la escuchara. Uno de los choferes caminó hacia ella, ese que decía viajar de garrón. Caminaba hacia ella con un paso monocorde, como fascinado por su presencia. Ella dejó de llorar y de gritar y elevó su rostro para mirarlo. Los otros choferes le gritaban a su compañero que volviera pero él parecía no escucharlos. Entonces se encendieron los motores del micro y empezó a avanzar lentamente, la mujer abrazaba al hombre y sus ojos bellos se agrandaron y se enrojecieron hasta desprender chispas, ambos se encendieron, se encendieron sus ropas, podía sentir el calor detrás del parabrisas y los gritos de terror de los choferes.

El micro emprendió su marcha y los embistió. Ambas figuras se perdieron debajo de la carrocería.

Volvé a la ruta, volvé a la ruta, por Dios. Escuché entre llantos desesperados.

Nadie se movió en el micro. Lo último que recuerdo de ese episodio fue girar y ver a Juan completamente dormido.

 

Parecía empezar a clarear.

Vamos, dormilona, que ya falta poco para bajar.dijo Juan.

Miré alrededor, todos desayunaban un alfajor y un café aguachento.

¿Por qué me miras así? ¿Pasa algo?

No. Soñé feo nomás.

Márquez y Panamericana se escuchó.

Juan, los choferes no son los mismos.

No, los habrán cambiado en la primera parada. Fijate cómo cambian los tiempos, ahora maneja una mujer.

Una mala sensación recorrió todos mis órganos. Comenzamos a bajar. La mujer que manejaba estaba prolijamente peinada con un rodete. Cabello castaño. Tenía una camisa marrón que le quedaba bastante holgada, como la camisa de los choferes. No alcanzaba a ver si tenía una pollera o un pantalón.

Cuando bajábamos Juan me pidió que me acercara a ella.

Creo que quiere decirte algo.

Me acerque con miedo.

Este tipo te va a dejar por otra, no confíes en él. Sé que un hijo de él murió en tu vientre pero eso no va a detener su traición. No te ama. Nunca te amó. No te preocupes. Vas a enamorarte de alguien mejor, de un hombre de verdad. No llores. No hables. Sé muy bien qué siente una mujer traicionada y abandonada. Sé muy bien qué significa que la vida te arrebate un niño. Sé muy bien lo que significa no poder dormir sin tener pesadillas donde la traición y la muerte te sientan en la cama sin aliento. Lo que sucedió anoche se llama justicia. Hay tipos que no aprenden nunca. No cuentes nunca nada. No quiero tener que volver por tus futuros hijos.

Carla, ¿Pasa algo? ¡Estás pálida!

No. Vamos a casa.

Comentarios

  1. Piel de gallina!!! Siempre me dio curiosidad la historia de la Llorona, la dama justiciera. Gracias por ponerle voz y por tu historia!!!

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Engaños

DIOS ERA PSIQUIATRA

El portarretrato