Billete de mil
Venimos caminando, vemos un billete de mil y lo pisamos, miramos para un lado y para el otro, hacemos vista panorámica, repetimos el procedimiento mientras la cabeza se mantiene fija. El pie, la media, el zapato atrapa a ese papelito naranjita, finge apagar un cigarrillo, exterminar una hormiga, una cucaracha y entonces si justo alguien pasa, aún sin mirarnos, el pie acompañado por la pierna entera a medio flexionar empieza el movimiento desde el inicio del fémur hasta la última falange del pie. La cara sigue altiva como para cantar el himno y justo cuando nadie parece ver, ni las cámaras instaladas esquizofrénicamente y al cohete por todos lados, nos vamos poniendo en cuclillas, la espalda más derecha que en las clases de yoga, los brazos en posición granadero y el contacto esperado llega, el billete se va acomodando en la palma casi cerrada, los dedos hacen su trabajo y lo van llevando. Allí queda, es rectángulo, cilindro y ahora un bollo. Nos incorporamos, alisamos la ropa, fingimos revisar los bolsillos para dejarlo caer como si nada, rehén absoluto de la situación para gastarlo seguramente en cualquier nimiedad, total nada costó ganarlo. Incluso podríamos ser buena gente y comprar facturas de más y repartirlas entre los pobres. Entre los pobres compañeros de oficina, grandes hijos de mil (con perdón del billete) que se quejan de la crisis pero le entran que da miedo al café con leche y a las facturas.
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