El portarretrato
Al fin se encontró sola en una casa inmensa.
La abuela había muerto y ella era la única heredera.
Pocos recuerdos tenía después del accidente que se había llevado además de su auto nuevo recién comprado, momentos importantes de su vida, que el médico había prometido que de a poco volverían.
Se tomó unos días para poner la casa en condiciones. Lo demás se haría con ella adentro.
Comenzó por renovar un escritorio de los años setenta que encontró en la casa. Iba a comprar herrajes cuando recordó aquel cuarto donde se acopiaban muebles y toda clase de trastos.
Algo allí podría servir, se podría reciclar.
Pensó en los herrajes de una cómoda vieja. El mueble estaba arrumbado en el cuarto del fondo.
Buscó las llaves de los tres candados que sellaban la vieja puerta de hierro macizo, además de las dos cerraduras. Con una escoba y una franela en cada mano cruzó el patio. La llave giró con dificultad pero finalmente logró abrirse. Detenida en el umbral del cuarto elevó la escoba. Las telarañas colgaban de las paredes y del techo. Se habían vuelto un tejido que opacaba la visión de los objetos. El cepillo atrapó los primeros hilos y le permitió avanzar. Bajó la escoba un momento, e intentó correr con su mano izquierda una mesa redonda de fórmica pero le resultó demasiada pesada, de modo que decidió apoyar la escoba contra la pared y utilizar ambas manos. Los ocho dedos apoyados en el reverso de la mesa rozaron los hilos viscosos de una telaraña. Sintió asco. Con el trapo, limpió inmediatamente y repitió la acción. Esta vez pudo correr la mesa lo suficiente para que le permitiera llegar hasta la vieja cómoda que estaba oculta detrás de la mesa. Vio aquellos herrajes que habían vuelto a ponerse de moda. Abrió uno de los cajones para destornillarlos. Estaba dispuesta a empezar su labor cuando un viejo portarretrato con una fotografía en blanco y negro la detuvo y llamó su atención. En la imagen, un hombre abrazaba a su abuela. Tomó el marco para verlo con mayor atención y este se le desarmó entre sus manos. La madera del marco, el vidrio, la fotografía y un papel minuciosamente doblado.
Se vio de pronto en el recuerdo en la sala principal junto a su prima Victoria.
Te vas, te vas de acá. Salís. Te lo dije cien veces.
Pero abuela yo quiero mi muñeca.
La muñeca se queda acá, en la cómoda.
Tuvo la sensación de que había algo que debía recordar, algo importante que estaba pasando por alto. Sintió que le faltaba el aire y que si no salía en ese momento, no iba a poder salir nunca más. Tomó la antigua fotografía, el papel y salió de la habitación. Cerró ambas cerraduras y puso todos los candados.
En la cocina buscó una de las tazas de porcelana de la abuela y se hizo un té de tilo.
Esa vieja cómoda había estado en aquellos tiempos en el living y sobre ella, la muñeca sobre una carpeta que la abuela misma había bordado al crochet, como un adorno intocable, impecable y perdurable a lo largo de los años.
Aquella había sido la única vez que había escuchado un reclamo de su prima.
Victoria había sido cuidada con el mismo recelo que la muñeca.
Junto a la taza de té desplegó la fotografía y la observó.
El hombre en la imagen. Un caballero delgado, de facciones armónicas, ojos enormes, muy claros, un tanto separados.
Ese señor, era el mismo de mirada triste de pie en la esquina de la vieja casa donde antes había vivido la abuela Ángela. El mismo, bajo la garúa intensa, perdido entre los vecinos que se acercaban a curiosear el espectáculo de la muerte ajena. La abuela, sus dos nietas en el asiento de atrás, en el interior del primer auto del cortejo. La abuela en un momento, giró la cabeza sus ojos se fijaron por un instante en los ojos de ese hombre a través del cristal empañado.
El coche se detuvo a pedido de la abuela, el hombre se acercó y a través del cristal de la ventanilla, apenas entreabierto, colocó en las manos de la abuela un sobre pequeño que ella dobló varias veces antes de guardarlo en el bolsillo de su saco.
Luego se perdieron en las calles del barrio hasta dar con las rejas del cementerio. Nichos y luego tumbas en un laberinto de pasillos hasta descender frente a una montaña de tierra. Sobre ella, dos hombres con botas y musculosas esperaban con palas en mano para dar fin a una ceremonia cruel a la vista de las miradas infantiles. La abuela dio orden de bajar y caminar hasta allí, siempre las tres tomadas de las manos. Caminaron entre las baldosas angostas que llevaban a la tumba. El cielo se volvía cada vez más gris y una lluvia gruesa comenzaba a mojarlo todo. La tierra se hacía barro y era difícil caminar. Se escuchaban gemidos, llantos contenidos. Se detuvieron ante el pozo junto a vecinos del barrio que las miraban con lástima. El cajón se asomó escoltado por el padre de Victoria y otros hombres. Victoria soltó un grito breve y luego rompió en llanto. La abuela la zamarreó. “No hagas escándalo” — le dijo y ella dejó de llorar.
La lluvia se volvió más intensa y continua. El cajón fue bajado por los obreros apostados a ambos lados del hueco con dos sogas, lentamente. Los vecinos se fueron turnando para arrojar bloques de tierra. Sonaban contra el cajón. Eran golpes sobre el cadáver. Victoria rodeó la cintura y escondió su rostro en el pecho de la abuela que se agitaba, aunque intentaba disimularlo. Cuando hubo terminado el espectáculo del escarnio público, los hombres miraron a la abuela esperando su aprobación para llenar el pozo. Ella asintió con la cabeza. Sus facciones estaban rígidas, las mandíbulas apretadas, los ojos bien abiertos, la mirada impávida. Cuando la escena llegó a su fin, la abuela giró con cuidado sosteniendo siempre a Victoria que estaba aún aferrada a su cuerpo.
Una vecina se acercó y tuvieron que detenerse. “Doña Ángela, recién llego. Lo siento mucho. ¿De qué murió?”. Era imposible alejarse con tanta gente debajo de la lluvia que era furiosa y los empapaba por completo a todos. “Un ataque al corazón” —contestó. “Fue el té” —dijo Victoria mientras separaba su cara del saco de la abuela y miraba a la vecina. “¿Qué té?. Cállate mocosa. Un ataque dije, que té ni que té. Usted no pregunte. No ve que estamos de duelo.” Mientras lo decía volvió a zamarrear a Victoria y se abría paso entre la lluvia, atravesando las baldosas impregnadas de barro. Victoria no paraba de susurrar. “Fue el té”. “Cállate”. “Fue el té”.
Un trueno estalló. La casa se oscureció. La lluvia comenzó a sonar. Observó la taza de té a medio terminar. Las cortinas se agitaban y golpeaban sus cabellos. Se levantó. Las corrió para poder cerrar las ventanas. Sintió frío. Caminó hasta el interruptor y encendió la lámpara que colgaba sobre la mesa de roble de la cocina. Miró el papel que se volvió amarillo ante sus ojos ansiosos y con temor de romperlo, con cuidado, lo fue abriendo Era una carta.
“Querida Ángela: Te amo tanto. Te he amado tanto. Voy a amarte tanto.
No lo sabía. Te lo juro. De haberlo sabido no me hubiera fijado en ella. Por Dios te pido piedad. Ahora que su madre ha muerto te pido que la cuides, que la quieras, que la protejas de la ira de su padre que sabe que no lo es. Sé que es duro guardar el secreto que reaviva un secreto anterior, más antiguo y doloroso. Voy a comprar una casa para Victoria. El doctor Ruiz va a encargarse de los trámites pertinentes. Es lo que puedo hacer por la pequeña Victoria. No puedo causarles más dolor. Soy sólo un anciano moribundo y culposo.”
Apenas pudo terminar de leer la carta.
Se vio niña nuevamente, entrando en la sala.
Abuela, dónde está Victoria.
Tenía la mirada perdida, se balanceaba en el sillón de la sala.
“Él padre se lo dijo, el padre se lo dijo”.
Caminó como un zombie, sólo podía escuchar los latidos de su corazón, la sangre agolpándose en sus mejillas, sus propias pisadas sobre el mosaico.
Sus ojos se detuvieron en la cómoda ahora desnuda.
La angustia le arañaba la garganta con fuerza.
Atravesó la sala, el pasillo y cruzó el patio.
La puerta de hierro del cuarto del fondo estaba abierta de par en par.
La oscuridad en el interior del cuarto la hizo detener. “Vicky, ¿dónde estás?”. La cama estaba deshecha apenas. Blancas sábanas, blanco el deshabillé sobre el acolchado blanco, blanca la pared, el respaldo de madera laqueado también tan blanco. “Vicky salí… Vicky la abuela dice que pasó algo.”
Podía escucharse la lluvia apenas. Sobre la mesita de luz, el diario íntimo de Victoria atravesado por una faja negra que tenía un candado y la pequeña llave sobre él.
“Vicky, no escondiste la llave, ¿qué paso?”
Ya había dejado de llover. La lluvia ya no sonaba tras la ventana. Una Parker junto al velador apagado. La luz irrumpiendo e iluminando la pared. “¿Vicky, estás escondida?” Y esa sombra desplegándose de pronto ante sus ojos, balanceándose. Levemente hacia un lado y luego hacia el otro.
“Ay, Vicky, ¿me querés asustar? No voy a darme vuelta porque vos me querés asustar como siempre. Vicky.
Vicky.
Vicky ”.
Se volvió hacia la ventana cubriéndose los ojos con las manos.
“Vicky, salí. Dejá de hacer eso.”
Así, con los ojos cubiertos acercó el mentón al pecho. Retiró las manos y entonces alcanzó a ver sobre las baldosas la muñeca y la silla del escritorio volcada sobre el piso.
Comprendió en ese momento que ya era inevitable elevar la mirada.
Pudo ver en ese momento los pequeños pies desnudos de Victoria suspendidos en el aire, entre las paredes blancas del cuarto del fondo.
Noooo!!! Cómo duele esta historia! Pobre Victoria. Es como con las pelis de suspenso, todo el tiempo sentí esa musiquita que anticipa el desastre. Excelente relato!
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