Detrás es más fácil
Juego con Tavo a la librería. Ponemos una tabla entre la cama de mamá y una silla. Los pocos libros que tenemos.
Son las ocho.
Mamá llama, ya está la cena pero yo me quedo.
Los veo comer desde la habitación.
Papá se va a la escuela, por eso se come tan temprano.
Yo no quiero, quiero jugar. Espero impaciente que Tavo termine y el tiempo no pasa.
Con ambas manos apoyadas sobre la madera hago fuerza, hago de ella un instrumento musical que acompaña mi protesta.
ꟷTavo, dale. Tavo, vení.
Y parece que falta. Sigue comiendo como todos, no sé qué. Mamá se queja de mi desobediencia. Yo quiero jugar con los libros, quiero volver a la escena capitalista de la compra y de la venta. Continúo golpeando la madera, me inclino hacia adelante y hacia atrás. La madera va corriéndose con el vaivén y se zafa. Mi ceja derecha da con el extremo de la mesa de luz que está entre la cama y la silla. Me siento y cuando miró hacia la escena del ritual, comprendo que ya terminaron y se levantan, caminan hacia mí. ¿Comprarán todos mis libros?
Mamá trae entre sus manos una toalla pequeña y me cubre la cara. No veo. Me habla suave, papá abre el cajón del ropero y busca plata. La guarda en el bolsillo. Mamá me acompaña hacia la puerta y entre ella y papá me sientan en el caño de la bici. Papá me lleva por las calles ya oscuras de Boulogne. Nada pasa. Parece decir. Todo está bien. No pregunto. Detrás de la toalla me entrego mansa a su cuidado, estoy segura, no tengo miedo. Llegamos a la Asistencia Pública y una señora me acuesta en una camilla, quita la toalla y coloca un lienzo mucho más fino. No veo. Sé que papá está ahí. “Una cosquillita, otra y otra. Listo. Ya está”. Me ponen una venda y una cinta blanca. Mamá llega con Tavo y Lala, papá se va a la escuela. Habla mucho Mamá, cuenta todo. Ahora le habla a una señora que está ahí en la vereda. Yo quería vender libros nada más. Y como los libros esconden tantas historias me dejaron esta y tres puntos de sutura.
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