POTENTE
Ella jugaba mejor que todos.
Era de esas que no se rinde. Por qué tendría que resignarse a un no. Por qué desear jugar a la pelota con los varones del barrio iba a ser reprimido. Ella daba muestras de su potencia. Insistía. Estaba en guardia para que su único hermano varón, por más que tuviera cinco años más, no se le escapara con esa libertad que se daban los chicos de ganar la calle en bici, caminando o con una pelota pegada a los pies. Ella también quería, qué tanto, y además no era mantequita. Primero los chicos le tenían respeto, pero después el respeto se volvió vergüenza cuando jugando de igual a igual ella podía gambetearlos, darlos vuelta y golearlos con cuantos goles quisiera. La llamaron Potente y causaba gracia su convicción. Ella no quería ser una princesa de vestido inflado, con taco y plataforma, ella no quería que ningún príncipe la salvara de ningún dragón. Ella no quería muñecas. Ella prefería los deportes y tenía fuerza. Ningún vecinito iba a tratarla de nenita porque ella sabía llenar un balde con caca de perro y agua y podía llamarlo para que cuando levantara al cielo sus bellos ojitos claros recibiera el balde dado vuelta en respuesta a todas las bombitas arrojadas groseramente en guerra de carnaval. Nadie iba a faltarle el respeto. Y si yo me escondí debajo de camperas amplias, ella le hizo frente al oprobio de ser mujer en un mundo machista a fuerza de aplicar la misma medicina.
Le decían Potente.
“Don Bessone, Anita le rajó la cabeza al Pedrito.” Y sí, señora, la Anita le rajó la cabeza al Pedrito. Y aunque don Bessone trató de curarlo lo mejor que pudo mientras Anita se escondía en algún rincón de la casa temerosa del castigo de Papá, Anita era Potente.
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