Ruidos

 Ruidos en la calle. Casi medianoche. Ojos que miran a través de las rendijas de la persiana. La luz escasa de una luminaria de barrio del conurbano. Dos bicicletas. Un adulto de unos treinta años. Tres niños de unos diez y otro de unos cinco. El canasto de hierro amarrado a la tierra con cemento. Se detienen. El hombre baja de la bici al más pequeño. Este se acerca al canasto, eleva sus brazos. En puntas de pie, las manitos intentan aprehender la bolsa blanca, estira todo su cuerpo, se acerca un poco más, la bolsa se le desliza de las manos, cae sobre el pasto que le sirve de colchón y hace que la única botella de vidrio escape, rebote, ruede y caiga sin romperse desde el cordón hasta la calle. Ahora se agacha, desgarra, hurga y selecciona, dentro de la bolsa que ha quedado en el pasto, una botella de gaseosa de dos litros veinticinco. Verifica: abre y cierra la tapa.

―¡Esta! –dice, salta alzando la botella como trofeo, festeja, ríe a carcajadas breves, continuas, exageradas― ¡Para hacer una mezclita!
El adulto percibe los ojos que observan desde la persiana. La luz encendida en el interior de la casa le permite verlos. Inclina la bici sobre el asfalto, toma la botella de vidrio y la coloca en el canasto entre las bolsas de basura. Repite la acción con las otras botellas que se han dispersado en el pasto. La de aceite, la de lavandina, la de detergente. Sube al niño en el caño de la bici. Indica a los otros la partida. Vuelve a mirar los ojos que vigilan desde la ventana, el pie derecho sobre el pedal, los brazos firmes sobre el manubrio. Arranca. Se va corriendo del área de observación. Desaparece.
Su cuerpo, sus brazos, el manubrio: un corral para la infancia.





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