Siesta

 



Viejos tiempos. De Pelopincho, de tele encendida solo de doce a doce, con transformador y en blanco y negro, en los que jugar era lo único que importaba. 

Con Lili hemos pasado bellos veranos. 

Había un patio en el fondo. Apenas un mejorado sobre el cual, como reina en trono, surgía esa pileta donde pasábamos las tardes de calor. Eso sí, después de las cuatro y si la abuela daba permiso al final de la siesta. 

Lili y yo odiábamos la siesta. Fingíamos dormir y en cuanto la vieja empezaba a roncar, nos escabullíamos para crear mundos futuros, alternativos donde éramos felices, mantenidas, madres de bebés y esposas de hombres famosos según la fama de moda. También soñábamos a ser cantantes ensayando la mímica con un viejo tocadiscos que actuaba de orquesta y un palo de escoba o algo parecido que funcionaba como micrófono. Sólo teníamos imaginación. Pero esa tarde algo diferente ocurrió. Nuestras mentes infantiles corrieron hasta la puerta de calle y osamos abrirla sin pensar. La luz iluminó nuestras caritas y así algo enceguecidas caminamos primero por la vereda, luego atravesamos la zanja donde vivían las ranas que cazaba mi primo y avanzamos por la calle de tierra. Una cuadra y girar hacia la izquierda. Desde la esquina podía vérselo. Era un colectivo incendiado y abandonado, ideal para imaginar un sinnúmero de escenas. Fuimos hasta allí. Mi prima se sentó en el asiento del chofer que aún estaba intacto y desde allí descubrió que la única puerta que conservaba sana, aún funcionaba. Entonces:

¿Sube señora?

Claro señor chofer.

¿Hasta dónde se dirige?  Tome un boleto imaginario de 25 centavos.

Yo era la señora. Hice mil viajes o más. El juego era agradable y divertido y me perdí en la cuenta de las veces que subí y bajé y siempre era alguien diferente y la conversación también. A veces tenía hijos, a veces era una señora de bien, a veces una viejita que apenas podía escalar los tres escalones y se quejaba de sus hijos o de sus nietos. La puerta se abría y se cerraba y el chofer era muy amable aunque no llegaba muy bien a los pedales y tenía una cola de caballo larguísima.

¿Chofer, es que ha tenido usted un accidente? La parte trasera del vehículo está totalmente rota.

Sí, señora. El chofer que trabaja en el otro turno dio marcha atrás sin mirar y se llevó por delante un puesto de diarios. Un problema bárbaro porque va a salir caro arreglarlo pero por otro lado bien porque nadie salió lastimado y además leímos durante semanas todas las revistas: el Gráfico, Billiken, Anteojito, Condorito, las aventuras de Isidoro Cañones, Paturuzú, y todos los diarios. Al dueño del puesto el Presidente le regaló un puesto más grande.

Ah, qué bien señor colectivero. ¿Y quién es el Presidente?

No recuerdo el nombre pero es un señor de uniforme, con bigotes y pelo negro, flaquito, que siempre habla en la televisión con otros dos que visten parecido. Me parece que tiene el carácter podrido como mi abuela.

Señor chofer, tal vez si mira para atrás verá venir a la dueña de la terminal de colectivos.

¡¡¡LA ABUELA!!! Gritamos al unísono.

Como un camión con doble acoplado a punto de atropellarnos, ella avanzaba en línea recta, dándose impulso con ambos brazos. Arrastraba sus zapatillas generando un efecto de cohete espacial casi a punto de despegar. Y de la cara mejor no hablar. Nos quedamos paralizadas. Lili no podía bajarse del enorme asiento y yo casi bajé de una los tres escalones que me separaban de la calle de tierra.

Vociferó y vociferó pero el susto nos impidió comprender qué decían sus palabras. Recorrimos el camino de vuelta a la casa en un segundo. En el camino nos decía que qué nos creíamos, que cómo nos subíamos a un colectivo incendiado lleno probablemente de bichos invisibles que provocarían grandes males a nuestros jóvenes cuerpos y al de nuestros descendientes por el resto de lo que le quede de existencia a la humanidad, que cómo nos íbamos tan lejos y solas siendo tan chicas y sin permiso y que no iba a haber ni dibujitos en la tele y que iríamos a la pileta solo para lavarnos los cabellos. LAVARNOS LOS CABELLOS, qué horror. Y así fue porque ella se encargó, batón de por medio, y detrás de sus lentes cuadrados de controlar que cumpliésemos con el castigo para que nunca jamás de los jamases en nuestra vida futura volvamos a desobedecer a nuestros mayores.

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