Gloria en Mardel
A la Lola
Un colectivo entre Mar del Plata y Camet, tres mujeres y una niña de cinco años con asiento asegurado y los primeros años de los setenta entre estallidos de violencia.
Gloria intentaba llegar hasta la puerta de atrás para bajarse enseguida.
El colectivo atestado de gente. Personas sentadas, de pie y tomadas de los pasamanos bajos. Detrás, más pasajeros tomados de los pasamanos que colgaban del techo del colectivo.
Atravesó ese sinuoso camino para alcanzar algún espacio próximo a la salida y que le permitiera sujetarse.
Desde allí, ya más tranquila, pudo observar aquel rostro: el de una mujer que la miraba de manera inquisitoria. Intentó evadir la mirada. Imposible. Trató de concentrarse en el paisaje pero, aunque intentaba mantener la mirada en la ventanilla, sus ojos se volvían hacia la mujer que la observaba de arriba a abajo. Decidió entonces girar la cabeza hacia un lado y hacia otro y encontró más de una mirada: un hombre con una camisa celeste, luego una señora sentada en uno de los últimos asientos, también dos niños que probablemente no tendrían más de ocho o nueve años.
En breves segundos pensó mil cosas diferentes.
Tal vez la primera mujer fuera lesbiana pero luego los demás ¿qué?¿ Qué había en ella tan llamativo para justificar que todos le posaran sus miradas?
De repente sus ojos se detuvieron en los traseros de dos hombres, que, obligados por lo reducido del espacio, se rozaban. Observó detenidamente, entrecerró los párpados para ver mejor. No cabía duda. La falda desplegada en toda su longitud había sido tomada de rehén por ambas posaderas.
Respiró profundo, lentamente se miró a sí misma de la misma manera que lo habían hecho los otros, de arriba hacia abajo. Y vio lo que nunca hubiera querido ver, lo que nunca jamás le iba a contar a nadie: esa bombacha a rayas horizontales ahora era de dominio público.
Volvió a respirar hondo, tragó saliva, aún faltaban un par de cuadras.
Se volvió Juana Azurduy y de Arco y en un acto de arrojo, estiró el brazo lo más que pudo, pegó el tirón y, en ese mismo momento con la escocesa aferrada entre sus dedos, se deslizó hasta alcanzar el timbre justo en el momento en que el colectivo se detenía. La puerta se abrió y ella bajó atléticamente los dos escalones y entonces, sólo entonces estuvo a salvo.
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