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Mayo 2020

Están llegando. Lo sé. O tal vez sea mejor decirlo de esta manera: Ellos, muchos, infinitos, diminutos, invisibles, vienen llegando y están allí. Abro la puerta del garaje para que Octavio estacione. La cierro una vez que entró y entonces ensayo la ceremonia de los pasadores, la llave, la tranca, los candados. Antes observé hacia ambos lados: dos, tres, cuatro pasos fuera de la línea que separa mi casa de la municipal. Piso la vereda, miro. Detrás de la pared, oculta por la hoja abierta de la puerta, hay una pala que tal vez use si es necesario, mientras tanteo en el bolsillo la alarma vecinal, superviso que la antena esté extendida y el botón listo para oprimir si algo o alguien osara acercarse. Todo bien. Superamos fase uno, vamos a la dos. Abrir el portón de la camioneta y sin que las bolsas rocen mi ropa transportarlas a través del patio interno y luego a la cocina. En un tupper las llaves del auto, la billetera, el barbijo. El área fue restringida. Una franja invisible separa el s...

Febrero 2021

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  Cuando llegaron a los noticieros los eternautas, yo no escuchaba. No miraba. No prestaba atención. Estaba lejos. Cuando se hablaba de cuarentena yo pensaba en Boccaccio y la narración de historias para sobrellevar los pesares. Después llegaron los aplausos, la imitación europea (está en los genes), los presos colgados de los techos reclamando libertad, las escuelas cerradas, las imágenes de personas con barbijos. Recuerdo a una joven española que mientras viajaba en un auto contaba, hecha un mar de lágrimas, la muerte de su amiga. La cuenta de infectados y de muertos, las estadísticas y las comparaciones. Después de toda una vida estuvimos en casa para elaborar recetas de abuela, guasapear a rabiar, soplar velitas por videollamada. También vino el zoom y el Meet. Mi notebook pasó a ser de dominio familiar y mi celular de dominio nacional. Buscamos mil formas de conjurar un dolor latente que no podíamos ni nombrar. Sólo a comprar alimentos y artículos de farmacia. Esperar el part...

Días

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  Voy a escribir por escribir. Es que me ganó la tristeza. Una tristeza profunda y sin nombre. Muda como esta guerra que no tiene nombre ni fin. ¿Qué está haciéndonos el dolor? ¿En qué nos hemos convertido? Eso que lastima desde hace años ahora, descaradamente, se mete con los héroes. Estas manos que ya no sirven porque hacen y hacen y hacen y para qué. Sí, son molinos de viento, Molinos, no existen enemigos más que la milimétrica muerte ganando los vasos sanguíneos de tu cuerpo, de mi cuerpo. Me gana el pánico, el miedo a sufrir, a que dance en derredor la incertidumbre, lo indecible, los viejos escenarios de leves luces tenues y olor a claveles. El olor a muerte y a desamparo. La prisión que espera en cualquier hotel de CABA sin cortinas ni decorados. Para acabar boca abajo con suerte en cualquier terapia si Dios quiere o en algún pasillo, en ambulancias que giran buscando descargar los bultos. La muerte te toca y me toca y tu estúpida incomprensión, tu ceguera. Hoy fue un día de...

Salir

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  — ¿Ya se fueron los eternautas? —No los veo. —Asómate un poco. —No —Un poco. —¿Estás segura? —Sí. Ya tiré lavandina en la vereda. Pisá sin miedo. Salí. Te puse el alcohol en gel en el bolsillo y tenés el barbijo. Subilo un poco. Tiene que tapar la nariz. —¿Así? —Sí —¿Seguro? —Sí —No hay eternautas. —Se ve que pasó. Esperá ahí. No te muevas. Voy a prender la tele. —¿Te parece? —Y sí. —Bueno, dale. —Ocho grados de térmica. —Tengo campera y buzo. —Cinco mil... —Uh. ¿Y eso? —Y ya van siete mil trescientos cuarenta y cuatro. —Uh. ¿Muertos? —Sí. —Entonces vuelvo. —Volvé. Lavate las manos y no te toques la cara. Y el barbijo lavalo con mucho jabón y agua bien caliente… Sacate toda la ropa y te bañás y todo al lavarropas. Ponele alcohol a las llaves y a la billetera y a los anteojos. Rociá bien. Pasá los pies por el trapo con lavandina. Yo le pongo alcohol a las zapatillas. —Ya me bañé. —¿Estás mejor? —Ay, sí. ¡Qué alivio! Me vino rebien salir un poco.