Playa



Verano. Vacaciones. Uno es uno y el paraíso, la soledad, la libertad, la inauguración de un tiempo sin horarios ni presiones.

Caminar por la playa temprano o cuando el sol se está poniendo, tu cuerpo liberado de las ropas de la ciudad, de los disfraces que nos permiten ser quienes somos en cada uno de nuestros trabajos. Disfraces que cubren zonas de nuestros cuerpos que son nuestras, íntimas, privadas, reservadas únicamente a los ojos de los cercanos. Qué más da, después de haber atravesado la adolescencia y la primera juventud, ponerte el traje de baño que se te cante, total estás en el paraíso, aislado, autoexiliado del bullicio y de las obligaciones. Y si quedó sin retocar una zona que depilaste incompleta porque ya no ves tan bien, o si tus caderas tienen otro bamboleo.

Vos estás ahí para desprenderte de viejos prejuicios, para distenderte, para crear durante quince días una realidad paralela en la que te desplazás como si fueras Pamela Anderson en Baywatch. Qué más da. Después de todo la gente a tu alrededor, que va poblando la playa a medida que avanza la mañana, lo hace sin pudores, con mini tangas que se pierden entre sus relieves corporales. Gente que no te mira, a la que no le interesan ni tus medidas ni tu aspecto. Pero el mundo es un pañuelo y cuando volteás dejando que tus cabellos se extiendan movidos por el viento como en la publicidad de Wellapon, aparece tu jefe que notás que es una masa muy parecida a la tortita negra de panadería. Tiene la palidez del recién llegado, pero como el alfajor negro de Bagley, tiene cobertura. Pelos negros largos que le llegan hasta la garganta sólo interrumpidos por una diminuta sunga marrón con la bandera de Estados Unidos en un costado. Él no te ve. Trata de plantar la sombrilla, te da la espalda, la panza no le permite moverse con soltura, pero se arrodilla para trabajar mejor con el chupa arena y así de cerca notás que esa sunga no es de estreno, el elástico delata la edad de la prenda que podría haber sido confeccionada en el siglo pasado y que se transforma en una amenaza. Sentís que lo que estás viendo puede traer consecuencias en tu vida laboral, que todo lo que habías soñado, pensado, diagramado para tu período de descanso acaba de desmoronarse, que deberías salir de esa situación de incomodidad. Te ponés la capelina de costado y te untás de protector solar hasta en la cara, te calzas tus anteojos enormes de diva y tu corazón empieza a latir a la altura de la boca del estómago y va bajando, bajando hasta tus intestinos. Pensás que la arena debería tragarte completamente y rogás que, a ninguno de tus hijos, que juegan a la pelota en la playa, se les ocurra tirarla para ese lado.

El tipo en cuestión no está solo. Ahora su acompañante le pone amorosamente protector solar en la pelada. Le mirás los pies que no están ajenos al desarrollo capilar extenso sobre ambos dedos gordos y esas ojotas de color celeste, berretas. Despliega un toallón y, Dios mío, tiene el dibujo de Mickey, sí, ves bien, es Mickey Mouse. Ahora se sienta en una reposera y acepta un mate. Tiene panza y un ombligo gigante en el que podría guardar la billetera pero no. “No pienses, no mires” te decís a vos misma. Cómo vas a mirarlo cuando vuelvas al trabajo. Cómo vas a poder obedecer a las órdenes arbitrarias generalmente de un tipo que acaba de desnudarse ante tus ojos atónitos. Pensás que debería haber algún mecanismo para poder evitar este tipo de incomodidades. Ahora come churros y chupa mate al mismo tiempo, gira su cabeza a ambos lados pero no se dio cuenta de que estás ahí, se ve que la biquini no es igual al delantal de cocina que utilizas en el año, o tal vez mire sin mirar.

Ese tipo que te atormenta nunca ha demostrado un poco de cariño, de amor por el género humano. Sabés que tiene una esposa de la que no está enamorado porque lo que se dice amor o enamoramiento está dirigido a la cuatro por cuatro que estaciona en la puerta del restorán. Está tan orgulloso. Cuántas veces mientras te grita que apures el trámite, que limpies todo, que no se te pase la comida, que seas prolija con los platos, que le muestres hasta las muelas a los clientes, mira por la cámara de seguridad a su amada, que es negra, tiene unas ruedas que ponen la carrocería allá arriba, a donde si quisieras subir deberías aprender a escalar.

Cuántas veces te mandó a limpiar los baños y lo hiciste sólo por tus hijos, con un broche en la nariz y tratando de no mirar. Y ahora que pensás en estas situaciones, mirás con cariño a esa pelota que los chicos patean cada vez con más fuerza.

No lo hacías en Mar del Tuyú. Podría estar en Pinamar o en Punta, pero no, el tipo está ahí y vos acomodaste la sombrilla, aunque el viento playero no te favorece para que no te vea.

Ahora no sólo conocés sus secretos corporales, ahora sabés que el tipo se cambió de rubro porque ese que le pone la cremita no es su hijo, ni su nieto, ni un amigo.

Pensás. Decidís. Dejás todo en manos de tu pareja. Le decís que tenés que ir al dúplex que alquilaron con suma urgencia, que disfruten de lo que resta del día. Te envolvés la cabeza con una toalla, caminás como en las películas de suspenso, en cámara lenta y de costado. Hasta escuchás la musiquita. Como si en la playa se pudiera hacer ruido al pisar. Te llevás puesto al señor enterrado en la arena, al que sus amigos le hicieron un cuerpo de sirena y unos senos enormes de cirujano. Volvés a tu infancia cuando con el cuerpo hacés la vuelta carnero y todos se ríen a carcajadas entre el ruido del viento y de las olas, el bullicio de la gente, el heladero, el churrero, el que vende biquinis, el que reparte vasitos con vacunas para el covid, el que vende gaseosas, el morocho del palito de selfie, el de los licuados, el del choclo, la procesión de la Virgen, la hilera de aplaudidores de niños perdidos, el de los pirulines, el de los anteojos de sol, la de las tortas fritas, el que te deja la muestra de pochoclos, los que juegan al vóley.

Por fin llegaste a la salida.

Te sacudís un poco la arena y respirás profundo porque pudiste escaparte de esa cosa que te acosa hasta en las pesadillas, que te humilla, te fatiga, te harta y te tortura.

Cómo vas a volver a mirarlo a los ojos cuando se terminen las vacaciones y debajo del barbijo se te dibuje la enorme risa del guasón.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Engaños

DIOS ERA PSIQUIATRA

El portarretrato