Febrero 2021
Cuando llegaron a los noticieros los eternautas, yo no escuchaba. No miraba. No prestaba atención.
Estaba lejos.
Cuando se hablaba de cuarentena yo pensaba en Boccaccio y la narración de historias para sobrellevar los pesares.
Después llegaron los aplausos, la imitación europea (está en los genes), los presos colgados de los techos reclamando libertad, las escuelas cerradas, las imágenes de personas con barbijos.
Recuerdo a una joven española que mientras viajaba en un auto contaba, hecha un mar de lágrimas, la muerte de su amiga.
La cuenta de infectados y de muertos, las estadísticas y las comparaciones.
Después de toda una vida estuvimos en casa para elaborar recetas de abuela, guasapear a rabiar, soplar velitas por videollamada. También vino el zoom y el Meet. Mi notebook pasó a ser de dominio familiar y mi celular de dominio nacional. Buscamos mil formas de conjurar un dolor latente que no podíamos ni nombrar. Sólo a comprar alimentos y artículos de farmacia. Esperar el parte diario de la tragedia universal que empezaba a llamarse pandemia. Los eternautas volvieron a su lugar de origen. Los aplaudidores de las nueve se hartaron de los médicos, de los basureros, de los docentes, de sí mismos y pidieron libertad. Octavio pateaba el colchón e incluso una madrugada en que lo escuché quejarse entre sueños se volvió con el puño cerrado y el ceño fruncido para pegarle el puñetazo vaya a saber a quién.
No sólo el encierro, las cuentas.
Más tarde, cuando dispusieron que la actividad de Octavio era esencial, sentí que el miedo rechinaba en mis dientes.
Los cuidados, el autoexilio, la pérdida inmediata de todo contacto humano. Esta puta guerra muda. Una guerra invisible en la que van cayendo otros hasta que un día se instala bajo tu piel, en tu torrente sanguíneo, en el de tus hijos y sentís que el terror es algo nuevo que nunca habías vivido. ¿Cómo es? si nadie está bombardeando desde el cielo, si no se escuchan gritos ni disparos, tampoco hay un Falcon verde o un tipo con la cara embolsada apuntándote con un arma en alguna de tus sienes. La muerte tiene otra forma, agazapada espera que cometas el error de abrazar a quien querés, que se te ocurra ver cinco minutos a alguien. El ciclo dura entre 14 y 21 días. Hasta el séptimo, Dios mío, y después sentir que es tu culpa, que pueden caer por tu irresponsabilidad, mirás el resultado del hisopado que dice detectable y pensás que no, que no puede ser, que hasta cuándo. Nada es cómo creíste o como no quisiste creer y sabés que si salís, podés volver a caer, podés volver a lastimar con tu sola presencia a todos los que querés o tal vez no y no sabés por qué y no sabés cuándo termina y no sabés hasta dónde va llegar este dolor.
Comentarios
Publicar un comentario