Mayo 2020

Están llegando.

Lo sé.
O tal vez sea mejor decirlo de esta manera: Ellos, muchos, infinitos, diminutos, invisibles, vienen llegando y están allí.

Abro la puerta del garaje para que Octavio estacione.

La cierro una vez que entró y entonces ensayo la ceremonia de los pasadores, la llave, la tranca, los candados.

Antes observé hacia ambos lados: dos, tres, cuatro pasos fuera de la línea que separa mi casa de la municipal.

Piso la vereda, miro.

Detrás de la pared, oculta por la hoja abierta de la puerta, hay una pala que tal vez use si es necesario, mientras tanteo en el bolsillo la alarma vecinal, superviso que la antena esté extendida y el botón listo para oprimir si algo o alguien osara acercarse.

Todo bien.

Superamos fase uno, vamos a la dos.

Abrir el portón de la camioneta y sin que las bolsas rocen mi ropa transportarlas a través del patio interno y luego a la cocina.

En un tupper las llaves del auto, la billetera, el barbijo.

El área fue restringida.

Una franja invisible separa el sector de mis hijos del nuestro.

Alcohol al setenta y el vaporizador cubriéndolo todo. Antes de apoyar hubo una fina capa esparcida por el piso y luego vendrá la bacha de la cocina con lavandina diluida.

Cada objeto será frenéticamente lavado a excepción de algunos que recibirán los sopapos de un trapo empapado.

Suena Memphis y la blusera.

Fase tres: secar y guardar. Trapazo al piso.

Ahora sí, me tomo un whisky (no es verdad porque nunca bebo alcohol) y me fumo un Marlboro.
Creo que me puedo relajar.

Un rato.

Hasta que la cosa rectangular empiece otra vez con el número de muertos e infectados.




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