Rosana

 Tenía que pensar sobre este tema. En realidad, no puedo dejar de pensar en ella. Me abruma tanta imagen, tanto pensamiento. Me angustia. Cómo se murió, por qué ella, por qué ahí, por qué en el auto, por qué esa tarde, por qué. Y pensé que, en realidad y tal vez, tanto correr detrás de obligaciones, tanto vueltear, tanto de tanto, tanta neurosis y finalmente ella, allí, dentro de un cajón cerrado donde tal vez esté o no. Podría haber una bolsa de papas, otra persona, qué sé yo, no la vi. Y si la viera, ya ella no es ella. Es simplemente el cuerpo frío, lastimado, rígido que no puede sonreír la sonrisa de Rosana, que no puede quejarse por cumplir horario, que no puede contarnos que ya maneja, que no puede preguntar cómo estamos.

La verdad es que nos morimos. Ayer, hoy, mañana, dentro de veinte o cincuenta años y después qué sé yo qué nos espera. Lo que no tiene respuesta, lo que no está al alcance de la comprensión humana.

─Paulita, a qué le tiene miedo Ud. ─preguntó uno de mis compañeros.
─A la muerte de mis seres queridos ─le contesté.
Podría haberle dicho: a las ratas, a los sapos, a las víboras, a ahogarme, a que se me caiga el mueble de mi dormitorio de soltera, a los ventiladores de techo, al dolor, a sufrir, a LA VIDA, QUERIDO MATI, A LA VIDA, MÁS QUE A LA MUERTE. Miedo a la muerte de los otros, miedo a vivir mi vida y miedo al miedo, pánico, crisis de angustia o de ansiedad. Pura estupidez humana, pura cobardía.
Estuve muy preocupada esta semana por mis olvidos y confusiones. Darle mal un remedio a Raimundo, dejar la llave en la puerta de calle, que no me salgan las palabras. Pedí ayuda. Incluso me confundí con un ejercicio de inglés de Tomy que consistía en pintar con rojo las palabras que tenían “a” y con azul las que tenían la “o” o al revés. Empecé bien y al rato me daba cuenta de que estaba pintando con el color contrario. El tema que agregaba dificultad es que debía buscar las palabras en inglés.
Estuve muy angustiada y sentí miedo, miedo a no poder pero segura de mi fuerte convicción, que de esto se sale trabajando. Y pensé que esta pelea con mi inconsciente es una pelea donde yo digo “Vamos, a seguir como siempre, haciendo todo lo que hago para poder más” y mi inconsciente tira para el lado contrario tratando de usar la muerte de Rosana, la operación de Tomy, la vejez de Raimundo, para encerrarme en la torre donde esta princesa sólo espera un príncipe azul que la saque y la lleve a otra torre y seguir siendo una eterna protegida temerosa del mundo y de la vida.
Esas verdades que no quiero ver tal vez sean aquellas que más censura sufren: la muerte de mi bebé, una niñez entre cajones, luces tenues, olor a clavel y cementerio, el silencio de mi viejo que sigue leyendo el diario sentado en la mesa de la cocina abstraído en una superrealidad que ahuyenta también sus miedos. Un hombre y una mujer tratando de escaparle a los dolores de la vida y a sus propios miedos, manteniéndonos ahí calentitos y protegidos en el castillo de cristal. El mismo castillo que yo creo para mis hijos y que Octavio se empeña en derribar.
Esto no se arregla llorando aunque sea necesario sacar afuera el dolor.
Esto necesita de algo más que de agua de lágrimas.
Lo sé muy bien pero el miedo al dolor es mi pesadilla.


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