Judas
Abrí los ojos y entonces supe que el que me esperaba en la puerta del baño, diciéndome que tenía que ir él (nunca hace esto Octavio) no era Octavio sino Judas (o Judás), así sin acento.
Judas de pie frente a la puerta del baño esperando que salga, insistiendo para que me apure porque se hace pis, que “yo” salga.
¿Cómo no entendí?
Los ojos ciegos, tan ciegos.
Mis treinta que no eran treinta.
Mi desesperación inútil, mi sensación de que lo único que me quedaba por delante era además de la humillación, la muerte.
Él no era quien debía estar ahí, conmigo. No sé si merecía o no mi amor. Sé que era el equivocado y también sé que no debería lamentar mi pasado porque es lo que me tocó, tampoco ser la que fui o pasar por lo que pasé porque de eso aprendí. Mis estúpidas ideas acerca del amor eterno, del matrimonio, del pianito en la iglesia, de la virginidad. Por Dios. Para que el tipo se fuera con otre (sic) en cuanto algune le diera bola.
Yo era una especie de monstruo para él, en el buen sentido.
Él supo decidir por sí mismo cuando se le presentó la ocasión. Él no quería, no me quería, no quería la vida que yo pensaba que él quería conmigo. Y está bien. “Yo sé que me voy a arrepentir como de no haber terminado el secundario” fue lo último que me dijo.
Qué tipo cagón, qué patético.
Fin.
Ya está.
Hubo un sueño anterior. En él, tres mujeres estaban en el patio de mi departamento de un ambiente (no recuerdo bien si eran tres monjas) y luego entraban para sentarse en el sofá cama y fundirse sólo en una mujer que me miraba con una expresión que nunca había visto, con lágrimas, con conmiseración, y al mismo tiempo mostrándome un lienzo blanco. Con las palmas hacia mí me mostraba un pequeño paño blanco como se muestra desde una nursery a un recién nacido. En la mirada, en el gesto de acercarme el lienzo yo leí su comprensión y el mensaje que me traía. “Ya está. Se terminó el dolor.” Esa mujer sentada en mi sillón, su hijo y mi hija muertos.
Comprendí que no me quisiera, que me hubiera dejado de querer o que nunca me hubiera querido.
Acepté su abandono, pero mi alma y mi cabeza no pudieron perdonar su peor acto de mezquindad: se llevaba a esa hija que había muerto en mi cuerpo y que nunca iba a volver. (No pude comprenderlo durante mucho tiempo como no pude comprender que nunca la lloré, nunca hice el duelo, segura de que podía volver en otra bebé y ser finalmente).
No importa si el tipo de pie frente a la puerta de mi baño es Judas o Pedro o Juan. No importa. Ya fue. Ya no existe. Si hay hoy un tipo con su nombre y su apellido caminando sobre sus 44 años alguna calle de CABA o del Gran Buenos Aires o de donde sea no es el mismo que fue y ya no lo conozco como nunca conocí al otro. Y ese tipo no sabe quién soy, quién fui, ya no importa. Que espere, que se haga pis eternamente, que sea la mujer que siempre quiso ser y no se animó.
Grandioso
ResponderBorrar