De cómo la presencia de la tecnología y su avance dan letra a los argumentos



La culpa la tiene Anita. Ella fue la que empezó, como siempre. Yo estaba tranquila en mi solitario mundo de mina divorciada. Dios mío, cuán feliz era. Una delicia mirar la pared blanca toda la noche y jugar al juego de la viborita con el nokia 2000, un caño, una semana de batería y mi perro marca perro modelo 97, negro, dientes blancos, salchichas con Hellmans su combustible, cuatro patas, rabito negro, que reemplazaba a la bolsita de agua caliente.

Lo que pasa es que mi hermanita menor no quiere verme tranquila y empezó con que tenía que renovar la compu, que después vení y sentate y mirá como Puán tiene su página en internet y fijate cómo se usa y no puede ser que a esta altura no tengas internet y una computadora como la gente, que adaptate a los nuevos tiempos, que abrite una cuenta de mail y así. La cuestión es que si tengo que explicarle a mis hijos el origen de las especies, debería empezar por aquí porque finalmente compré la compu, me adherí a Ciudad Internet y una noche de reunión de primos ocurrió lo que habría de cambiar mi vida para siempre: el famoso chat de Uol. Ahí, justo ahí, estaría entre tantos Nick el que habría de cautivarme con su charla. Si bien, antes de llegar a él, había conversado con muchos otros (abogados, médicos, motoqueros, esquizofrénicos, tipos que escuchaban sólo a los Redondos, en conversaciones absolutamente vacías donde los tipos sólo necesitaban una mina con cara angelical y las medidas de siempre) fue uno el que se destacó, un solitario que detrás del terrible Nick tenía alma. Había en su conversación habilidad, humor y un manejo de la ironía que me atraparon. Hubo preguntas elaboradas e inteligentes como qué color de labial usás a lo que respondí “rojo trapal” en honor al vino de mesa trucho que lucía en las estanterías del almacén de don Juan, que Dios lo tenga en la gloria.

Apareció de repente nuestra vida contada en fragmentos, maravillosamente armados. Ninguno intentó saber cómo era el otro. Es más ni siquiera le pregunté lo que solía preguntarle a todos: si era pelado. (No prejuzguen. Todos tenemos nuestros límites).

La cuestión pasó del chat al mail, del mail al teléfono de línea, del de línea al celular y finalmente tuvimos que hablar del aspecto exterior para reconocernos una noche en el reloj de un shopping. Sí, en el reloj de un shopping y no hizo falta la campera de cuero o el color de las zapatillas, ni siquiera los diez globos de colores que pendían de los hilos que apretaban sus dedos, porque fue su sonrisa franca y bella, la misma que construí en mi mente durante semanas, esa sonrisa fue la que me hizo reconocerlo. Esa sonrisa era la sonrisa de Octavio.




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