Sobre la importancia de la depilación y el embellecimiento femenino I
Los pelos no son moco de pavo. La cuestión se pone seria ya casi al finalizar la escuela primaria. La verdad es que no sé qué sentimientos tendrán los varones acerca de la irrupción de las vellosidades pero para nosotras, por lo menos para mí, Paulita Bessone, y mis parientes y amigas del género femenino, el tema es una cuestión de Estado. Claro que los tiempos han cambiado para bien, gracias a Dios y han aparecido nuevas formas de deshacerse del problema pero en mis tiempos púberes la cosa estaba dirimida entre la cremita, la pinza, la cera (vegetal blanca o negra) y, lo enuncio con vergüenza suma, la horrenda maquinita de depilar o lo que es peor la Gillette dentro de un aparato de metal.
En mis tiempos todo era cuestión de edad. Los 15 eran el antes y el después. A los quince te podías pintar, usar tacos y depilarte. Esto quiere decir que en realidad la fiesta de quince con vestido largo y torta con cintitas era el festejo del momento de tu vida en que dejabas de ser un oso y te transformabas en una mujercita.
Menos mal que mi madre se apiadó de mí y a los once me permitió que la peluquera me depilara las cejas. Por otra parte, harta de vivir disfrazada de plantígrado un día me encerré en el baño y con la maquinita de mi papá puse fin a esa morística historia.
Los tiempos se sucedieron y apareció la cera con un ollita que debía depositarse sobre la hornalla y con mucho cuidado. En esa época los hombres no se depilaban y las mujeres nos ocupábamos de controlar cejas, barbilla, axilas y ambas piernas. Tratábamos de hacer lo que se podía.
Una mañana mientras hablaba por teléfono con alguien, no recuerdo con quién, mi hermana, Anita Bessone, me llamó desde la cocina. Le contesté rápidamente como se suele contestar a los hermanos menores que no joda, que estaba ocupada y seguí mi conversación. Pero ella insistía y junto con su insistencia apareció un humo gris que inundó la casa con una fragancia un tanto molesta. Cuando dejé el teléfono y llegué a la cocina, la llama abrazaba con frenesí al extractor y Anita practicaba una danza en torno a la olla en puntas de pie. Mi hermano, que se estaba dando un baño, salió como pudo, tomó un matafuegos y con alto grado de heroísmo al grito de “se corren” procedió a la extinción del incendio. La mesada, la cocina, el extractor y el piso se llenaron de una especie de ceniza volcánica pero la llama continuaba, tipo que el matafuegos no apagaba cera. Entonces recordé algo de lo que había aprendido en Física o en Química y con valor tomé la ollita, la puse en el piso y sobre ella puse una tapa de olla.
Una verdadera catástrofe, una distracción fatal. Mi hermana tenía que irse a la escuela y no quería que le dijeran Cantinflas o tío bigotes o alguna de esas sandeces propias del viejo, ignorado y cruel bullying escolar.
-Ahora limpiás todo para que mami no se entere y a cerrar la boca.
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