Diario

 


Noviembre, 20 de 2021

Yo no sé de fechas.
Mi escritura no sabe de tiempos.
Necesita, a veces, fluir como un torrente.
Simplemente llega y hay que permitirle escapar.
Me levanto y es sábado y hoy puedo decir que no me quiero morir. Tampoco quiero perder los dientes. Quiero ser yo alguna vez.
El cuerpo me Castiga. El dedo índice de la mano derecha se subleva.
Fue el año entero.
Y de repente viene hacia mí para dictármelo al oído.
Porque esta semana lloré el cambio de inspector.
Porque la vida entera se me presentó para hablarme.
Pasó la guerra, los vicios, el abuso, el desamparo. Las infancias en carne viva, el dolor del mundo al que no puedo escapar. Mi soledad, la injusticia, mi desesperanza.
Yo no quiero contar la historia de la traición de una novia, ni las elecciones del domingo. Quiero que esto sea un cuento o una poesía donde sólo alcance con mostrar e irse.
Me levanto, ahora son las cinco y treinta y cuatro. Habrá pasado media hora desde que salí a oscuras de mi dormitorio con la computadora entre las manos. Necesitando urgente los auriculares y los mates y la levotiroxina y las palabras en la cabeza queriendo salir.
ESA es mi mejor técnica de escritura, la que hace que tenga que mirar el teclado porque se me van los dedos con la rapidez y aunque esto sea una mierda sé que así funciona.
Por qué no puedo entender que siempre nos dejan solos, que la vida es así, que la gente traiciona. Qué le pedí durante una hora y media a Rodolfito en dirección si yo misma no puedo masticarlo. Por qué pretendo que él deje de mover sus piernas y sus brazos, que abra los ojos casi cerrados por la bronca, la humillación y el terror, que fluyan las palabras. Ese anillo que corta, esa arma de guerra de fabricación casera que apenas dejó ver en el recreo como un pedido de auxilio, es lo que él cree que es lo único en el mundo que no traiciona, que lo protege de la muerte segura que le espera cualquiera de estos días entre las calles de Carcova.
Me digo:
Los chicos lloraron esta semana para que leas el mensaje tal vez divino de que la Escuela siempre es ELLOS y ELLAS, de que los discursos nunca te van a quedar a medida.
Y si la muerte te acomete por no saber poner límites, por dejarte atropellar por las lágrimas de tu gente, también atraviesa y modifica tu mundo más cercano, más íntimo.
Esta es la escritura que siempre va a parar a la basura. A cerrar la boca tiempo después. A un archivo que tiene el nombre de este año como todos los años, que es otro diario, el tecnológico, que a veces escribís en las notas del celular porque no queda otra, hecho al revés, donde el primer escrito es el último y el último, el primero.
Tal vez Tere tenga que ver porque es ella la que me acostumbró a la escritura semanal, tal vez sea que estos dos días de reposo entre paréntesis, esta noche de sueño profundo te despierta con las perras de Julio listas para estamparse a borbotones.
Será el colibrí del patio que antes de ayer dio vueltas y vueltas como trayéndote el mensaje de no sé quién.
Vos creés en estas estúpidas cosas.
Sentís que el universo te habla desde algún lugar que no sabés.
La muerte a veces nos roza y así uno se acerca a lo que realmente es relevante porque en el fondo de la página, en el blanco, quedará lo más importante, lo que se dice sin decir, con las maravillosas y múltiples formas que tiene el arte de tocar a las puertas para que sepamos o no, para que leamos o no, para que veamos o no, la vida transcurrir a través de árboles o hamacas o caminos peligrosos o entrevistas en las puertas de las cárceles o de niños que necesitan un mundo lleno de madres, así carcoveando sobre mis páginas y las tuyas para contarnos este salto en el vacío para dejar atrás el incendio que nos consume la boca del estómago y el resto de los órganos.
Algo más. Nuevamente hubo un sueño que no pude contar en el momento y se me olvidó. Un sueño con una casa. Siempre sueño con casas, y en ellas están todas las personas que amo y algunas que más bien lo contrario.
Yo tengo un diario. No lo digo fuerte. Y ahí escribo cosas feas, a veces buenas y con las palabras que quiero y hay videos y canciones y cualquier cosa. El diario es mi casa. En la que duermen las palabras que no pueden salir de mi boca.

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