La cadena de positividad en facebook

 

Ayer pensaba en estas ocurrencias femeninas a las que unas cuantas se han enganchado en facebook y que consiste en contar tres episodios positivos ocurridos cada día durante siete días consecutivos. Preguntas y más preguntas entre las tantas ocupaciones lúdicas que nos rodean en la vida diaria de estos años tan tecnológicos. Gente perdida en las redes desahogando penas, reuniendo lo que la vida separó en un juego virtual del como sí.
Ayer lo pensaba.
Me levanté a las seis, me planché el pelo, me pinté, elegí algo cómodo y fresco para el transcurrir de mi mañana, levanté a mis niños, los subí al micro, acomodé mi cartera y ahí me fui. Siete y cuarto estaba en el restorán. Volví a casa bastante acalorada por la caminata y cociné para mis niños. Dejé todo como estaba y me sometí a una siesta necesaria y obligada por el calor. A las cinco, con el Pantene liso extremo encaré a Raimundo, mi dobermann, que cuando me vio salir se me pegó mimoso, esperando su merecido baño. Después siguió el garaje y aconsejada por mi cuñada le tiré jabón de ropa al piso, entre lavandina y detergente. Manguera, cepillo, secador. Luego siguió el rejunte de excremento perruno y más lavandina y detergente en el patio de laja, regar bien la ligustrina y el patio de cerámica. A las siete y veinte le abrí el garaje a Octavio y me fui a lavar los platos, los de la noche anterior y los del mediodía. Me senté a hacer la tarea con Tomy, me guasapeé con las mamás de primero por el tema del disfraz y surgió el cumple de Naty, la maestra. Completé la ficha médica y las autorizaciones de Roco, metí a Tomy al baño y mientras tanto de reojo espié la tarea de Roco. Dejé a Tomy en remojo y me fui a hacerles la cama y a ordenar su ropa. Entonces me senté dos segundos en el sillón a mirar la tele y a revisar el celu. Saqué a Tomy del baño, mandé a Roco a hacer lo mismo y siguió mi dormitorio mientras Octavio cocinaba.
Hasta contarlo me agota. Paulita mujer, Paulita cocinera, Paulita ama de casa, Paulita madre, Paulita que siente culpa mientras limpia el patio por abandonar a sus niños, por dejarlos solos dentro de la casa, Paulita que habla en primera persona como Maradona. Guau, qué actitud más fea. ¿Y la cadena de positividad? ¿Y los deseos? Claro, debería pensar que todo esto lo hago porque estoy, básicamente viva. Que comemos en casa gracias a que los dos nos vamos a trabajar. Que mis hijos hacen tarea ayudados gracias a que tienen padres y que todavía nos alcanza para pagar la cuota del privado.
Y no cuento lo del trabajo porque ya está, mando a mis lectores a terapia también.
Me encanta ser mujer, amo a mis hijos. Ver la carita de Roco por primera vez, esos ojitos que me miraban, asistir al milagro más increíble que viví en mi vida, Roco contra mi pecho, ahí en la sala de partos, todo llenito de mí. Ver a Tomy tan grandote, en brazos de la enfermera que me lo acercó para darle el primer besito. Enamorarme de Octavio, arreglarme para él. La reunión de chicas, compartir vivencias que solamente nosotras podemos comprender. Perdernos de repente en una tintura, en una keratina…
Tan distinta a mi abuela, a mi vieja, enamorada de la literatura y de mi trabajo, pero en un tiempo un poco injusto para nosotras. Tenemos libertad, tenemos trabajo, y también muchos roles que cumplir que muchas veces se cruzan y se entreveran. Y todos esos roles, como buena neurótica, quiero cumplirlos a la perfección. Ese es el punto, más en noviembre y diciembre donde las cosas se ponen de un tono y toman una velocidad… Eso me angustia. ¿Por qué no puedo ser como las de la tele? Limpian, cocinan, trabajan, etcétera y nunca están cansadas ni desmaquilladas, nunca sueltan un improperio, tienen la ropa impecable. Además, son jóvenes, no tienen una arruga, la ley de gravedad parece no afectarlas, siempre tienen todo resuelto, y encima, sonríen…
Por Dios, qué mundo cruel.




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