Carnaval
Estaba bueno jugar al Carnaval en el barrio. Nos juntábamos con los chicos y chicas y a inflar bombitas de agua o a baldazos.
Ya entrada en la adolescencia la cosa se empezó a complicar. El tránsito se dificultaba si no estabas jugando, si justo pasabas caminando y el juego se encontraba agazapado en alguna esquina de mano de algún vecino que desplegaba incluso con malicia los bombazos o los baldazos y no perdonaba zapatos ni zapatillas ni pantalones blancos o vestidos de tela delgada. Lo peor es si justo justo estabas con la regla. Ni qué hablar.
Entonces me enojaba. En realidad quien te mojaba lo hacía "para halagarte". Sólo a las chicas lindas o jóvenes. Nunca meterse con chicas acompañadas por adultos . Una onda piropo, viste. Te decían lo más grosero que se podía escuchar pero nosotras debíamos sentirnos felices porque las fuleras no eran seleccionadas para tal fin o bien los piropos se transformaban en agresiones que mi respeto por mis amigas féminas no me permite reproducir pero que imaginarán.
Cierta vez, preocupadas por nuestras curvas, mi prima y quien les narra, decidimos iniciar una seria dieta en lo que entonces se llamaba Gordos Anónimos. La gente que acudía al encuentro en un templo sagrado rezaba una oración en la que el barbudo debía otorgarnos a todos los presentes la serenidad para aceptar aquello que no se podía modificar.
También repartieron unos libros con una dieta que incluía comidas espectacularmente detestables y hubo testimonios de personas que habían adelgazado una cantidad de kilos que los ponía a caminar a unos cinco centímetros del piso o más según la pérdida lograda. Todos supersoberbios y creídos y nosotras en esa especie de secta deseando deshacernos de algo que se ve que jodía mucho en nuestro cuerpo o en nuestro cerebro, vaya a saber.
Salidas de tan instructiva reunión, caminamos hacia la estación donde nos separaríamos. Mi prima caminaría unas cuadras hasta su casa y yo me iba a tomar el colectivo. Antes, mientras pasábamos por una plaza conversando distraídamente y riéndonos de cualquier cosa, se nos aparecieron cual ladrones, dos o tres individuos adolescentes, bastante grandecitos portando sendas bombitas de agua. Uno de ellos las arrojó con violencia sobre el cuerpo de mi prima que supo eludir una pero ligó otra. Mientras tanto el atacante que me tocaba en suerte recibió de mi parte una cruel amenaza: “Me mojás y te pego”. Acto seguido, este delincuente caviló un segundo e inmediatamente lanzó contra mi pecho uno de sus proyectiles y la historia continuó rindiendo homenaje a la famosa serie de fines de los setenta “El increíble Hulk”. Algo en mí se transformó y como si fuera una mujer de dos metros empecé a correr a ese pobre muchacho luego de devolverle un golpe de puño en el pecho (nunca podría llegar a su cara). El tipo en cuestión corrió entre sorprendido y aterrado y yo hubiera hecho no sé qué cosa si el grito de prima ( “Pará, Loca”) no me hubiera vuelto a transformar en el pobre Dr. David Banner, toda rotosa, mojada, humillada, desconcertada por mi propia reacción.
El delincuente se dio a la fuga y mi prima y yo seguimos en el camino.
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