¿Cerrar la boca?
Soy mujer. Mi organismo es más complejo que el de los hombres, ya lo sé. Tengo crisis hormonales que ellos jamás entenderán. Hoy es domingo y …
1. ANOCHE ME CORTARON LA LUZ
2. OCTAVIO TIENE UNA MANO COMPLETAMENTE HINCHADA POR ALGO QUE LO PICÓ MIENTRAS NOS HACÍAMOS LOS JARDINEROS
3. ME PROPONGO SALIR PERFUMADA, ENTONCES TOMO LA CAJA Y DE ELLA SE DESPRENDE EL ENVASE DE VIDRIO QUE CAE, PEGA CONTRA LA CERÁMICA DE MI HABITACIÓN Y ESTALLA EN MIL PEDAZOS. DEBAJO DE LA CAMA, DE LA MESA DE LUZ, DE LA BIBLIOTECA, DE LA IMPRESORA, HAY VIDRIOS Y ASTILLAS DESPARRAMADAS. BARRO, ENCIENDO EL VENTILADOR DE TECHO, ABRO LAS VENTANAS, LE AVISO A ROCO QUE NO CAMINE DESCALZO Y NOS VAMOS.
4. CUMPLO MI FUNCIÓN MANIPULADORA DEL DÍA Y LE DIGO A MI MARIDO QUE VAMOS A IR HASTA LA FARMACIA A COMPRAR UN ANTIALÉRGICO QUE TENGA TAMBIÉN CORTICOIDE. NOS SUBIMOS A LA CAMIONETA Y CUANDO ENCARAMOS LA AVENIDA LE SUGIERO DULCEMENTE QUE PASEMOS POR LA CLÍNICA INDEPENDENCIA, QUE SEGURAMENTE NO HAY NADIE, QUE SE HAGA VER ESA MANO POR UN MÉDICO, QUE SEGURAMENTE LE VA A DECIR QUE NO ES NADA Y LE VA A DAR EL MISMO REMEDIO QUE YO PENSÉ PERO QUE ASÍ NOS QUEDAMOS MÁS TRANQUILOS.
En la clínica no hay casi nadie. Las dos empleadas administrativas y un señor de alguna empresa de seguridad hablan relajados, en tono elevado, ríen. Los temas personales son compartidos a todo el que quiera escuchar. Varias veces la puerta de la guardia se abre y distintas personas en distintos momentos preguntan por gente internada. Entonces el señor de seguridad indica, todas las veces, el camino hacia la puerta principal hasta que se hacen las once y entonces suelta la frase “No es horario de visitas”.
Octavio entra en el consultorio. Hay en cada puerta un cartel rojo que dice que no se extienden por guardia certificados médicos de descanso y otro del mismo color que indica que los pacientes deben ingresar solos, salvo excepciones que así lo requieran.
Camino de punta a punta el pasillo aprovechando la indicación médica de hacerlo por lo menos durante cuarenta minutos diarios. Octavio sale con una receta que le indica un antibiótico e ibuprofeno.
─Tengo que esperar que me llamen. Me van a dar una inyección.
Lo acompaño hasta la recepción donde aún conversan alegremente las chicas recepcionistas con el señor de uniforme.
Una enfermera sale de una de las puertas contiguas a la recepción y llama a mi marido. Entonces aparece una mujer joven, con la cara desencajada y se dirige a los tres que atienden.
─Mi hermana está tirada en una cama desde anoche. Desde las tres de la mañana saben que el bebé está muerto. Nadie la atiende. Nadie vino a verla.
─Vaya a administración o a internación─ señala el del uniforme con un tono de pasividad que me hace ruido.
─Ya fui. Nadie me escucha.
La mujer estaba desesperada.
El tipo toma el teléfono.
─No te hagas el que hablás por teléfono. Hacé algo─ insiste la señora.
─Hago lo que puedo, señora─ con el culo gordo clavado en el asiento ─ .Ya va a venir el médico.
Miro a la chica y con firmeza le digo en voz alta:
─Llamá al 911. Esto es abandono de persona. Yo te salgo de testigo.
El tipo se para como si le hubieran pinchado el traste y empieza a gritarme.
─Señora, ¿qué se mete? ¿Quién le dio vela en este ENTIERRO? ¿Qué se mete?
-Me meto porque soy persona, ser humano. ¿Por qué no probás?
─La mujer me mira con tristeza y se vuelve hacia el pasillo.
La conversación acerca de cuestiones personales termina abruptamente. Una enfermera y un médico aparecen de inmediato detrás de la mujer. El tipo uniformado se queda mirándome oculto desde detrás de las puertas vaivén que dan a la enfermería.
Octavio y yo nos vamos.
A veces abrir la boca y armar un quilombo padre, con crisis hormonal, indispuesta, menopáusica, de pos o preparto es necesario para que el mundo despierte, casi al mediodía pero que despierte al fin. Al menos por un rato.
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